Córcega, el paraíso del Mediterráneo

Hay un lugar ubicado entre la costa azul, la Toscana y Cerdeña en donde se esconde la simbiosis sublime entre lo bello y lo siniestro. Córcega es un enclave desconocido por muchos, un lugar fuera del tiempo con tierras marcadas por huellas de etruscos y cartagineses, alimentada con leyendas y sabiduría griega, romana o bizantina, teñida por la sangre de genoveses, musulmanes y franceses. La isla de la belleza condensa todas las virtudes de la cultura occidental…

corcega-naturaleza

Un halo de virginidad y de sabor genuino sobrevuela la coqueta isla francesa en la que nació Napoleón. Entre las callejuelas de cualquier casco antiguo de cualquier pueblo de la isla siempre aparece una avenida, una plaza o una simple rotonda con su nombre. También puede ser un restaurante con solera el que le rinda homenaje, de esos que venden marisco y pescado a destajo desde los siglos de los siglos. O todo lo contrario, el chiringuito de moda, aquí llamado ‘paillotte’, también puede lucir su celebre efigie en el letrero.

Y es que el emperador nació aquí, en Ajaccio, la capital de la cuarta isla más grande del Mediterráneo. Lo hizo un 15 de agosto de 1769, un año después de que los galos compraran la isla a la República de Génova. Su casa natal está hoy abierta al público amueblada en modo imperio, cerca de la catedral en la que fue bautizado. Y es que a la lista de plazas, calles y bares en recuerdo de don Bonaparte hay que sumar estatuas, edificios, parques, tiendas, museos y todo lo que se les ocurra a los casi trescientos mil moradores de esta isla montañosa a rabiar y abrazada por aguas turquesas que yq quisieran en el Caribe. Y eso que tienen sentimientos encontrados hacia su paisano. Algunos lo veneran, pero no se olvidan de que a los diez años puso rumbo a la Francia continental y que tuneó su nombre real (Napoleone di Buonaparte) hacia otro más galo. Una vez en el poder, el interés por su isla fue más bien nulo, centrándose en afrancesarla a toda costa.

La historia de Córcega es, sin embargo, intensa y convulsa. Y no se puede entender sin tener en cuenta que se trata de otro caso más de un territorio que ha pagado muy cara su estratégica ubicación. Como emerge apenas a 170 kilómetros de la costa francesa y justo frente por frente de Génova en línea recta, desde tiempos remotos ha sido un objeto de deseo demasiado codiciado para las tantas civilizaciones que ansiaron dominar el Mediterráneo. Su pasado más reciente es un rosario completo de muchos periodos de ocupación.

Hoy, sin embargo, la primacía de la identidad corsa es un hecho y el motivo principal de que en la isla sobrevuele todavía un halo de virginidad, de respeto por el entorno, de salvajismo moderado incluso. No se elevan construcciones con sello extranjero ni aparecen cadenas internacionales de comida rápida o de ropa. Sin embargo esto para muchos significa sinónimo de atraso, paro y problemas económicos.

Lo que en este lugar se respira es tranquilidad. Se observa en los abuelos sentados en sillas de mimbre a la puerta de casa. En los mercados callejeros. En las subastas de pescado. En las vacas pastando junto a la playa. En los cerdos negros que comen castañas y cruzan las carreteras sin inmutarse. La isla está salpicada de 120 cumbres de más de 2.000 metros. También en el carácter supersticioso de la población: ‘al gato negro nadie le tose’ y hasta ‘se le mete en casa’ por si acaso. Y si le han echado mal de ojo, busque un ‘escapulario’ a base de ‘coral rojo’. También de su propio pelo. Eso es lo que le hizo a Napoleón su madre cuando abandonó la isla siendo un crío. Y dicen los enterados que no se separó nunca de él.

Y es que la sombra del emperador es alargada. Aunque algunas celebrities le han hecho la competencia, como el almirante británico Horacio Nelson, que en la placentera ciudad de Calvi perdió su ojo derecho, o la bella Laetitia Casta, que se crió en el escarpado pueblo de Lumio, al norte. Se supone que Ulises también vagó por estos lares. Y el propio Astérix vivió su capítulo corso entre tropecientos olivos, castaños, nogales, pinos y maquis, por citar algunas de las 3.000 especies de flora y de las 130 plantas endémicas que se esconden en Córcega.

El pintor Henri Matisse alucinó con «una tierra maravillosa donde todo es color, todo es luz». Y éste es otro de los lugares donde se supone que Colón vio la luz. Una lápida lo atestigua en la que sería su casa natal, en Calvi, la urbe corsa más pegada a la costa francesa mediterránea: Niza está a 170 kilómetros. También es una de las que más encanto tiene, con un casco antiguo sembrado de cafés, tiendas de artesanías y agradables terrazas. En verano, hay que apuntar su festival de jazz.

corcega-bonifacio

La huella de ‘El principito’

Antoine de Saint-Exupéry, aviador y autor de El principito, murió aquí abatido por un caza enemigo durante la II Guerra Mundial. Es la versión oficial. Ocurrió el 31 de julio de 1944 al despegar del aeropuerto de Bastia (una placa lo recuerda), la segunda ciudad de la isla tras Ajaccio, su motor económico y el lugar desde donde montó Saint-Exupéry una misión para preparar el desembarco en la Provenza. No en vano, Córcega fue el primer departamento francés en ser liberado. Esto es lo que dijo de ella: «El sol le hizo tanto el amor al mar que acabaron engendrando Córcega». Normal que los griegos la etiquetaran como Kallisté, «la más sublime». Los franceses prefieren quedarse con «la isla de la belleza».

Y es que por aquí han pasado todos: fenicios, griegos, romanos, genoveses, pisanos, ingleses, aragoneses, árabes… De éstos salió la bandera, con la cabeza de un sarraceno con pañuelo sobre la frente. No está claro el porqué. Quizás porque estos piratas del norte de África fueron enemigos durante las Cruzadas, cuando cualquier cristiano que saliese airoso de una trifulca contra un infiel podía colocar su cabeza en su escudo de armas.

El caso es que el logotipo de la bandera acapara fachadas, camisetas, graffitis, matrículas, cervezas artesanales a base de castaña, mieles y cualquier producto corso 100%. Evidencias de orgullo patrio. Su fisionomía también justifica ese ramalazo. Buena culpa tienen las aguas turquesas medio vírgenes (la isla acoge mil kilómetros de costa) unidas a los valles remotos, los pueblos con encanto encaramados a la montaña (Sant’Antonino, Nonza, Montemaggiore…) o los puertos de pescadores retenidos en el tiempo como el de Erbalunga, en la península de Cap Corse.

La ruta seguiría con las iglesias barrocas (con la de San Juan Bautista de Bastia a la cabeza, la mayor de la isla); las torres de fortificación genovesas, cuyas corpulentas paredes de piedra esconden los cuerpos descuartizados de los traidores, o las ciudades amuralladas como Bonifacio o Porto Vecchio. Luego estarían los restos arqueológicos de Cucuruzzu o Capula, los viñedos fotogénicamente desperdigados por las laderas o los monumentales palacetes italianos. Estos, las cosas como son, venidos a menos o directamente echados a perder por la desidia de sus dueños o los problemas hereditarios. Cosas de uno de los últimos paraísos asilvestrados del Mediterráneo.

San Alejandro de Saulí

San Alejandro encontró a Córcega en el más lastimoso estado moral. Los sacerdotes eran poco instruidos, el pueblo tenía muchas supersticiones; los campos estaban infectados por bandoleros y entre las familias había terribles venganzas. Se propuso transformar ese ambiente y lo consiguió.

Se consiguió varios religiosos de su comunidad y reuniendo a todo el clero les anunció que desde entonces se proponía enfervorizar lo más posible la vida religiosa de esa isla. Visitó una por una todas las parroquias exigiendo que se enseñara catecismo y se diera buen ejemplo. Predicaba en todas partes con gran entusiasmo y mucho fruto. El santo trabajó en Córcega durante veinte años y el cambio fue tan notable que las gentes lo llamaban “el apóstol de la paz” “el apóstol de Córcega”. Construyó una bella catedral (S.XVI).

Dios le concedió el don de hacer milagros. Y así por ejemplo un año en que se anunciaban malísimas cosechas y muchísima pobreza y escasez, pasó por los campos bendiciéndolos, y en ese año la cosecha fue mejor que en los demás años. Otra vez los piratas mahometanos llegaban con muchos barcos a atacar las costas de Córcega, y cuando las gentes huían despavoridas hacia las montañas, San Alejandro bendijo las aguas del mar y enseguida estalló una espantosa tormenta que alejó las naves de los piratas.

Poseía también el don de profecía y anunciaba hechos que iban a suceder, y se cumplía exactamente lo que había anunciado. Era muy amigo de San Felipe Neri, el cual decía que el obispo Alejandro era un admirable modelo de lo que debe ser un santo obispo. San Alejandro murió en 1592 y también después de su muerte siguió haciendo milagros.

La larga trayectoria de conflictos en esta isla refleja otra lucha: el ardor de los isleños por reafirmar su identidad mientras eran dominados por sucesivos gobiernos extranjeros. En efecto, los corsos han pugnado por su independencia desde que los romanos ocuparan su isla a comienzos del 259 a.C.

Fotos: IsladeCórcega.es

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s