Los guardianes de los Alpes vietnamitas

El Valle del Sapa, al norte del país, esconde aldeas desparramadas entre brumas, búfalos y cabras. Allí viven tribus que creen en espíritus buenos, en mercados del amor donde los solteros buscan pareja y en el arroz que les da de comer, empapando las laderas de un verde irreal…

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Por Isabel García

El asunto ha ido a menos con los años, pero como lo de encontrar una pareja decente en estos tiempos sigue estando fatal, ahí se los puede ver cada sábado al caer la noche, en busca y captura de su media naranja. Y no hablamos en sentido figurado. Las minorías étnicas del brumoso Valle del Sapa, al norte de Vietnam, suspendido entre sendas en zigzag a 1.650 metros de altitud y ya casi pegando con China, continúan practicando el secuestro cuando consideran que se han topado por fin con su alma gemela. Y tienen que hacerlo sí o sí. De lo contrario, la familia de la chica no verá con buenos ojos las intenciones maritales del muchacho.

Ya se encargará un enviado del varón de hacerle saber a los padres el paradero de su hija. Pero antes, la base de operaciones del cortejo se monta los sábados en el parque principal de la ciudad de Sapa, adonde acuden los mozos y mozas en edad casadera de las aldeas de alrededor, esas desparramadas entre descomunales arrozales, estampados en un verde tan puro y fotogénico que casi parece ficticio. Mercado del amor se llama el invento, a dos pasos de los palacetes levantados por los colonizadores franceses a principios del siglo XX, cuando establecieron aquí una estación de montaña. Hoy, la bienvenida la marca un colorista cartel con la imagen de Ho Chi Minh, el líder que instaló el comunismo en Vietnam, rodeado de sonrientes súbditos.

Y entre medias, el mercado nocturno, por el que los pretendientes deambulan mientras de fondo suenan canciones populares, algunos tocan la flauta y otros venden happy water, el contundente licor de arroz local, con 40 y pico grados de alcohol a cuestas. Luego está el vino de serpiente o de escorpión, con los citados animalitos bien metidos dentro de la botella y que los turistas no pueden dejar de fotografiar. Probar es otra cosa. Eso sí, dicen que su finalidad es medicinal y que cura el reuma, la calvicie, la diarrea y hasta la ceguera, además de ser un efectivo afrodisíaco.

La fábula del dragón y el hada

Para completar el homenaje, abundan los puestos de comida (dicen los expertos que Vietnam es uno de los mejores lugares para llenar el estómago en plena calle) en los que dispensan sopas de fideos con caracoles o anguilas. Hay que sumar un ir y venir de faldas tableadas multicolores, delantales con brocados, turbantes en bermellón… O azul, verde, negro… Todo depende de la etnia de cada cual, ya que de las 54 minoritarias que persisten en Vietnam, una decena mora entre estas montañas salvajes salpicadas de lagos y cascadas e impregnadas casi perennemente de niebla. Como si de un cuento embrujado se tratara.

No en vano, no falta ni fábula, ya que dicen que las tribus nacieron de la cópula entre el rey Dragón, dueño y señor del Sur de Vietnam, y una hermosa hada que vivía en el Norte. ¿Resultado? Cien huevos, de los que salieron cien críos. Pero su amor duró poco y el dragón volvió al Sur con la mitad de sus vástagos, los hoy llamados viet, o la etnia mayoritaria del país. El hada, en cambio, se quedó en el Norte con los 50 hijos restantes, las actuales minorías. Aunque las cuentas no cuadran del todo: ya decíamos que eran 54. La mayor parte (los hmong, los dao, los kinh, los tay…) se encuentran desperdigadas por este Valle del Sapa desde que abandonaran la fronteriza China en el siglo XIX. Fueron expulsados por rebelarse contra las dinastías que exigían nuevos impuestos.

Y se vinieron a este norte, que nada tiene que ver con la imagen típica del país. Nada de playas salvajes, selvas o del caos urbano en forma de perpetuo traqueteo de motocicletas de Ho Chi Minh, la antigua Saigón, o de la capital, Hanoi. Ésta suele ser el punto de partida de los viajeros que visitan el Valle del Sapa, a 350 kilómetros. Para ello, no dudan en subirse a un ajado tren nocturno que une Hanoi con Lao Cai, ciudad de paso desde la que salen autobuses rumbo a la empinada Sapa. Lo que se vislumbra por el camino son escenas cotidianas de gente de montaña que antaño cultivaba opio (prohibido en la actualidad por el Gobierno) y que ahora hace lo propio con el arroz. Esos mismos dirigentes se dedicaron a reeducar a los lugareños que habían sido reclutados por la CIA durante la longeva Guerra de Vietnam (1959-1975).

Durmiendo en casas locales

Las estampas costumbristas siguen con búfalos y cabras que irrumpen en los senderos y las casas de madera levantadas sobre pilares en las que se apiñan varias generaciones más gallinas, cerdos, vacas y lo que haga falta. Los turistas pueden hospedarse en ellas. Es más, es una forma de mantener la supervivencia de estas tribus, por lo que lo promueven las administraciones locales. Nota: nada de luz eléctrica ni lavabos al modo occidental. A cambio, puede degustar una rica sopa de vísceras o quitarse el mal del ojo a manos del chamán de la comunidad.

Ésa es otra: los hmong y demás pobladores siguen aferrados a sus creencias. Y la primera es que los buenos espíritus existen. Pero los malos también y hay que sacárselos de encima. Además, piensan que cada uno tiene entre tres y siete almas y que deben estar en armonía para ser feliz. Los vecinos también hacen de guías de senderismo, trekking o ciclismo por los Alpes tonkinenses, como denominaron a estas montañas los franceses. Y es que aquí sobresale la más alta del país, Fansipan, a 3.143 metros. Si no ha traído la vestimenta indicada, calma, que en Sapa sobran tiendas de supuesta ropa de montaña de marca (The North Face sobre todo) que, por su precio (y su tacto), uno entiende al instante que es falsa.

Aun así, ir de compras es una de las actividades de la ciudad. Para eso está el mercado central, atestado de puestos de artesanías, tallas de piedra, faldas tintadas en color índigo igualitas a las que llevan las mujeres locales o sacos de dormir de seda por si uno prefiere no rozar las sábanas si cae en algún hostal de mala muerte. El ocio en el valle sigue con una sesión cantarina en cualquiera de los karaokes correspondientemente anunciados con estridentes luces de neón. Más de lo mismo si lo que busca son masajes a precios irrisorios. El de pies, por si acaso, es el más reputado.

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