Viaje al centro de la antártida

En el mar que rodea el continente antártico tenemos una de las fronteras no visibles más importante de todos los océanos, difícilmente franqueable por la mayoría de las especies, ya que hay un cambio muy brusco de temperatura. Dadas sus condiciones extremas y su belleza surrealista, complementada a veces por los asombrosos espectáculos de la aurora austral, la Antártida bien pudiera considerarse otro mundo…

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Pero ciertamente es parte de este mundo. De hecho, se la ha comparado a un extenso laboratorio natural para el estudio de la Tierra y su atmósfera, así como de los cambios medioambientales que ocurren en nuestro planeta, incluidos los que se relacionan con las actividades del ser humano. Los estudios realizados a este respecto preocupan cada día más a los científicos, quienes han observado nuevos fenómenos inquietantes que indican que no todo va bien en las regiones del polo Sur.

Este continente —el más aislado del mundo— está lleno de contradicciones. Es hermosísimo y puro, pero muy inhóspito. Pese a ser el lugar más ventoso y frío del globo, es sumamente delicado y sensible. Aunque registra menos precipitaciones que los demás continentes, encierra en sus hielos el 70% del agua dulce del planeta. Su capa de hielo (de unos 2.200 metros de grosor medio) lo convierte en el continente más elevado (su altitud media es de 2.300 metros sobre el nivel del mar). Por su extensión es el quinto continente, pero no tiene ningún habitante permanente mayor que una mosca sin alas de poco más de un centímetro. Dentro de las rocas porosas, en pequeñas bolsas de aire, habitan bacterias, algas y hongos excepcionalmente resistentes. Sobreviven con el menor rastro de humedad. Fuera de allí se halla el mundo surrealista de los ventifactos, rocas peladas cuyas extrañas formas y aspecto lustroso se deben a siglos y siglos de vientos implacables.

Recibe el nombre antes de ser descubierta

Las conjeturas sobre la existencia de una enorme masa continental al sur del planeta se remontan a la época de los antiguos filósofos griegos. Aristóteles, por ejemplo, postuló la necesidad de un continente austral que contrapesara las tierras conocidas del hemisferio norte. El libro Antarctica—Great Stories From the Frozen Continent (La Antártida: grandes relatos del continente helado) señala que “en vista de que el hemisferio norte está situado bajo la constelación de Árktos (la Osa Mayor), Aristóteles (384-322 a.C.) razonó que el territorio desconocido que existiese al sur debería ser Antarktikós, es decir, lo diametralmente opuesto”, o las antípodas. Por consiguiente, la Antártida goza de la distinción de haber recibido nombre unos dos mil años antes de su descubrimiento.

Primeras exploraciones

En 1772, el capitán James Cook (explorador británico) se hizo a la vela rumbo al sur en busca del hasta entonces hipotético continente meridional. Penetró en un mundo de islas azotadas por el viento y de grandes icebergs o, como los llamó él, “ínsulas de hielo”. “Algunas —escribió— tenían un perímetro de casi tres kilómetros y una altura de 20 metros; a pesar de todo, las olas del mar batían con tal violencia que lograban sobrepasarlas con mucho.” Cook continuó hacia el sur y el 17 de enero de 1773, su barco el Resolution y su acompañante, el Adventure, fueron las primeras embarcaciones de las que hay constancia que cruzaron el círculo polar antártico. Con férrea voluntad, Cook se abrió camino a través de la banquisa hasta quedar bloqueado. “No alcanzaba a ver nada en dirección sur más que hielo”, escribió en su diario de a bordo. De hecho, se hallaba a solo 120 kilómetros del suelo antártico cuando decidió regresar.

De 1819 a 1821, una expedición rusa bajo el mando del oficial naval y explorador Fabian von Bellingshausen circunnavegó la Antártida y descubrió algunas islas cercanas a la costa. Probablemente los primeros grupos en avistar el continente fueron el del cazador de focas estadounidense Nathaniel Palmer y el de los oficiales navales británicos William Smith y Edward Branfield; ambos navegaron cerca de la punta de la península Antártica en 1820.

El primer desembarco conocido fue realizado el 7 de febrero de 1821 por otro cazador de focas estadounidense, el capitán de navío John Davis. En 1823 el ballenero británico James Weddell descubrió el mar que lleva su nombre y penetró hasta el punto más meridional que ningún barco hubo alcanzado jamás.

Sin embargo, sólo se concedió el rango de continente a la Antártida a partir de 1840. Tres expediciones nacionales separadas —una expedición francesa a cargo de Jules Dumont d’Urville, una expedición británica al mando de James Ross y una estadounidense dirigida por el capitán de navío Charles Wilkes— navegaron un trecho de costa suficiente como para darse cuenta de que la tierra cubierta de hielo que vieron era realmente una masa continental.

Desde finales del siglo XIX hasta principios del siglo XX numerosas expediciones visitaron la Antártida. Con el estímulo del Congreso Geográfico Internacional varias naciones enviaron expediciones, como la belga, dirigida por Adrien de Gerlache; la británica, dirigida por Robert Scott y Carsten Borchgrevink y la alemana, dirigida por Erich von Drygalski.

Gerlache llevó su expedición, la primera realmente científica, a la parte del océano Pacífico de la península Antártica; quedó atrapado en el hielo y pasó el invierno de 1897-1898 allí.

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La conquista del polo sur

La búsqueda del polo sur fue el propósito dominante en la siguiente serie de expediciones antárticas. De 1907 a 1909, Ernest Shackleton encabezó una expedición británica que llegó a 156 kilómetros de distancia del polo sur antes de verse obligado a regresar por la falta de provisiones.

Una segunda expedición británica, dirigida por Robert Scott, entró en escena en 1910, al igual que la expedición noruega comandada por Roald Amundsen. Con la ayuda de trineos arrastrados por perros, Amundsen y cuatro miembros de su expedición llegaron al polo sur el 14 de diciembre de 1911. Scott y los cuatro miembros de su equipo llegaron al polo el 18 de enero de 1912, tras arrastrar sus trineos durante la parte más difícil de su ruta. Todos los miembros del grupo de Scott murieron en el viaje de vuelta después de que los noruegos regresaran a su base con éxito. Shackleton volvió a la Antártida en 1914 para intentar cruzar el continente, pero su barco, el Endurance, quedó atrapado en el hielo y fue aplastado. Fueron rescatados en agosto de 1916.

Exploración aérea

En la década de los años veinte, la aviación llegó a la Antártida. El australiano George Wilkins y el estadounidense C. B. Eielson fueron los primeros en sobrevolar el continente en avión cuando exploraron la península Antártica desde el aire en 1928. El explorador estadounidense Richard Evelyn Byrd estableció un gran campamento —Little America (la Pequeña América)— en la plataforma de hielo de Ross a principios de 1929 y en noviembre voló al polo sur.

Otras expediciones aéreas importantes fueron las dirigidas por el estadounidense Lincoln Ellsworth, que atravesó el continente en 1935; por los noruegos y los alemanes que condujeron una gran expedición a lo largo del litoral, enviando una expedición aérea en 1938 y 1939; y por la expedición del Servicio Antártico Estadounidense entre 1939 y 1941.

Tras la II Guerra Mundial, los Estados Unidos enviaron la expedición más grande a la Antártida: más de 4.000 personas, apoyadas por trece barcos y más de veinte aviones, participaron en la ‘operación Salto de Altura’, y buena parte de la costa fue fotografiada para preparar mapas.

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Acontecimientos recientes

Las exploraciones científicas y sistemáticas a largo plazo de la Antártida comenzaron con el Año Internacional Geofísico (AIG) —del 1 de julio de 1957 al 31 de diciembre de 1958. Doce países establecieron más de sesenta estaciones científicas en la Antártida durante el AIG y recorrieron la mayor parte del continente. Cuando el AIG llegó a su fin, las doce naciones decidieron continuar sus investigaciones durante el año de Cooperación Geofísica Internacional. Los representantes de dichos estados se reunieron en Washington, Estados Unidos, en 1959 para redactar y firmar el Tratado de la Antártida, que decidió dedicar el continente austral por entero a la investigación científica con fines pacíficos; el acuerdo entró en vigor en 1961, y por él se suspendieron todas las demandas territoriales. En 1978 se celebró la Convención para la Conservación de las Focas Antárticas. En 1991, 24 países aprobaron en Madrid un protocolo al Tratado que prohibía la explotación petrolífera o de cualquier otro mineral durante al menos 50 años, si bien no se logró pleno consenso para declarar a la Antártida parque natural mundial. Y en 1994, ante el peligro que suponía su caza indiscriminada, se acordó crear un santuario antártico para las ballenas.

Investigaciones científicas

En la Antártida se han realizado notables investigaciones científicas entre las que se incluyen estudios de glaciología, meteorología, geomagnetismo, control del clima mundial, sismología y física ionosférica. Los océanos ricos en nutrientes que rodean la Antártida son un importante foco de investigación.

Los biólogos han descubierto que los peces de aguas antárticas tienen un componente anticongelante en su sangre que les permite soportar temperaturas bajo cero. Estudios realizados sobre la historia biológica de pingüinos, focas y krill (una potencial fuente de alimento mundial) han proporcionado información nueva sobre la ecología de estas especies. Estudios de carácter internacional han mejorado la comprensión de la reproducción del krill y han permitido a los científicos mejorar sus predicciones sobre los límites seguros para la recolección de este animal.

Los geólogos han reconocido las zonas de rocas más expuestas del continente, incrementando el conocimiento sobre las estructuras geológicas básicas y la historia de la Antártida. Los geólogos glaciares, que estudian los restos del pasado de los glaciares, han descubierto que la Antártida contuvo en alguna época mucho más hielo del que contiene ahora. Los restos fósiles hallados incluyen logros como el descubrimiento de los primeros restos de mamíferos encontrados allí, en 1982, y, el hallazgo del primer dinosaurio fosilizado en 1986. Fósiles de este tipo han proporcionado hasta ahora una secuencia casi completa de la separación del antiguo continente Gondwana. Los vulcanólogos han estudiado extensamente el monte Siple y el volcán en activo del monte Erebus. Los geólogos han recogido miles de meteoros (incluyendo unos pocos y raros fragmentos lunares), apreciados especialmente por haberse preservado a salvo en el hielo de la acción de los elementos u otros deterioros.

Incluso la capa de hielo ha sido materia de intenso estudio durante mucho tiempo. Los glaciólogos de varios países han empleado modernos métodos de investigación como la radioglaciología para obtener información sobre el paisaje debajo de la capa de hielo y descubrir grandes lagos entre el suelo y el fondo del hielo. Los satélites han sido utilizados para trazar el lento movimiento de la superficie de hielo. Los núcleos de hielo de la Antártida dispuestos en hileras, que incluyen un núcleo completo al fondo de la plataforma de hielo de Ross y uno a través del hielo de la Antártida occidental en la estación Byrd, permitieron a científicos franceses, rusos y estadounidenses trazar los cambios climáticos en el continente a lo largo de un periodo de miles de años. Los científicos franceses han colocado radiotransmisores en los icebergs para seguir su movimiento y representantes de los gobiernos de Arabia Saudí y Australia han considerado la posibilidad de remolcar icebergs a regiones áridas necesitadas de agua.

Los científicos también han realizado estudios sobre el calentamiento global del continente. En 1995 surgió un número extraordinariamente grande de icebergs, alterando radicalmente las dimensiones de la placa de hielo.

Los expertos meteorológicos han realizado continuos registros durante alrededor de veinticinco años que proporcionan datos sobre la función de la Antártida en el clima mundial. Una de esas contribuciones ha sido el descubrimiento, observado por primera vez por científicos británicos en 1985, del llamado ‘agujero en la capa de ozono’, que se desarrolla cada primavera antártica en la estratosfera por encima del continente y que desaparece total o parcialmente al final de la estación. El significado de esta reducción en la capa de ozono en las cercanías del polo sur continúa en estudio. Puede ser un fenómeno natural en parte, pero la evidencia indica que la pérdida de ozono está relacionada con el problema de la liberación de clorofluorocarbonos a la atmósfera.

Donde Chile 
y Rusia comparten frontera

Ambas naciones se encuentran a solo un tiro de piedra, a apenas 100 metros, tan cerca que una no puede vivir sin ayuda de la otra. Una de las pocas poblaciones civiles que existen en la Antártida comparte frontera con la base Bellingshausen, el mayor enclave que tiene Rusia en el continente helado.

La infraestructura con la que cuenta Chile en la zona es clave para el desarrollo de la labor científica de todos los países con presencia allí.

Muy cerca de Villa Las Estrellas se encuentra el aeródromo Teniente Rodolfo Marsh Martin, el único que no está hecho de hielo en toda la Antártida, algo que resulta clave para la población de la isla del Rey Jorge que, a pesar de su nombre, alberga a militares y científicos de diferentes países, acompañados de sus familiares.

La base Bellingshausen se encuentra a solo 100 metros de la base chilena Presidente Eduardo Frei Montalva. Fundada en 1968, recibió el nombre de Faddéi Bellingshausen, el almirante de la Armada del zar ­Alejandro I que dirigió la primera expedición polar rusa entre 1819 y 1821.

Un templo en medio de la Antártida

En enero de 1820, Bellingshausen descubrió la Antártida y, tras dar la vuelta a todo el continente, confirmó la existencia de 29 islas, desconocidas hasta entonces.

Pero, además de su innegable importancia geopolítica y científica, la base rusa también destaca por ser el primer lugar de la Antártida que contó con una iglesia. Después de la caída de la Unión Soviética, muchas estaciones antárticas empezaron a cerrarse por falta de financiación y la suerte de Bellingshausen era incierta.

En aquel entonces, el encargado de la base, Oleg Sájarov, decidió construir una iglesia en el lugar. “La idea consistía en crear algo de ruido en los medios, conectar a las autoridades religiosas con el asunto y que de esa manera ya no resultara tan fácil cerrar la estación”, cuenta Vladímir Petrakov, actual presidente de la Fundación Antártida, que pasó largos periodos en esta base.

El plan tuvo éxito. El Santo Patriarca Alexis II dio su bendición al proyecto y la financiación apareció rápidamente gracias al director de una línea aérea que realizaba vuelos a la Antártida y a la participación de empresarios que suministraron maquinaria pesada para los trabajos de construcción.

La iglesia se levantó por partes en la ciudad siberiana de ­Barnaul. Para la preparación y el tallado de las piezas se usó madera de cedro y alerce especialmente tratadas durante un año en Rusia. Después, las partes se llevaron en camiones hasta las costas bálticas y desde ahí fueron enviadas en barco a la isla antártica del Rey Jorge. Ocho personas terminaron de armar el templo en suelo austral.

Debido a las condiciones climáticas y al nivel de complejidad de los trabajos, se puede considerar que la construcción fue un auténtico milagro humano. La iglesia de Santa Trinidad tiene 15 metros de altura y un aforo de 30 personas.

Convivencia

En el sexto continente, la geografía da lugar a fenómenos extraordinarios, también en política. En esa inmensa barrera de hielo, de 14 millones de kilómetros cuadrados, hay bases de países tan dispares como Bélgica, Noruega, Sudáfrica, Chile, Argentina, Reino Unido, Estados Unidos o Japón.

Moscú mantiene siete bases en la Antártida. Mirni, fundada en los años cincuenta durante la primera expedición antártica de la URSS, se encuentra en la costa del mar de Davis, en la Tierra de la Reina Mary, y se considera la base principal del continente helado. En la época soviética llegó a albergar a más de 150 investigadores, aunque últimamente no viven allí más de 20 personas.

La base rusa más conocida, Vostok, fundada en 1957, se encuentra a 1.410 kilómetros de Mirni. Allí se registró una de las temperaturas más bajas de la historia (en 1983, el termómetro marcó 89,2 grados bajo cero). El centro fue también noticia en 2012, cuando un grupo de exploradores rusos que partió de la base llegó al lago de agua helada más lejano del planeta, que había permanecido sellado durante millones de años. Sus aguas son más antiguas que el propio ser humano y su conoci­miento es clave para enten­der la historia del planeta.

Probablemente la base rusa más curiosa es la denominada Polo, casi inacesible. Se encuentra en el punto homónimo de la Antártida, a gran distancia de cualquier lugar de acceso. A pesar de que solo funcionó durante dos semanas en 1958, cuenta con un busto de Vladímir Lenin colocado encima de la base, aunque se hundió hace tiempo a causa de las nevadas.

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