Las trece calaveras del dolmen de Arnillas

En el austero paisaje de los páramos que presiden las zonas altas de la comarca de Sedano en Burgos, España, se localizan uno de los mayores conjuntos dolménicos de Europa. Sus inicios han sido fechados unos 5.000 años, durante el Neolítico, y los arqueólogos confirman una utilización posterior de más de mil años…

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En los albores de la civilización, el viejo continente se cubrió de túmulos en los que nuestros antepasados enterraron a sus más insignes difuntos. Mucho tiempo después, cuando su función funeraria y ritual había sido olvidada, estos lugares darían origen a todo tipo de leyendas y misterios, como auténticos portales hacia a un mundo paralelo y sobrenatural.

Desde la antigüedad, los encuentros con aparecidos o con seres feéricos como los que relata la literatura tradicional, parecen querer darse en lugares como este, apartados del tiempo y del mundo. Son lugares límite, que antiguamente se tenían por frontera entre nuestro mundo y el otro paralelo. En las culturas del Báltico, los túmulos estaban protegidos por los Draugr, los difuntos enterrados en ellos. En Irlanda, la Gente Pequeña o Tuatha Dé Danann solía aparecerse en las proximidades de túmulos y dólmenes, y era preferible evitarlos a toda costa. Escenarios de leyendas y origen de no pocos miedos y supersticiones, en nuestro territorio tenemos magníficos ejemplos de estructuras tumularias. El más impresionante de ellos es sin duda el Dolmen de las Arnillas, cerca de la población de Sedano, al norte de Burgos, y su visita es un auténtico viaje al más allá.

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Zona de Sedano

Este apacible pueblo, escondido entre los páramos del norte de Burgos, es el punto de partida para nuesta excursión hacia el Dolmen de las Arnillas. Hablar de Sedano es hablar del gran escritor Miguel Delibes, ya que este era su lugar favorito de descanso, inspiración y creación, como también lo es para su hijo Germán Delibes, arqueólogo y prehistoriador de referencia internacional cuyo trabajo es fundamental en el estudio de los dólmenes y vestigios prehistóricos de la zona.

En lo alto del pueblo se encuentra la majestuosa iglesia de Santa María. Su factura gótica, los añadidos renacentistas en la portada y su ubicación privilegiada en este lugar tan panorámico la convierten en un enclave digno de visitar por sí solo. Frente a la iglesia, en el mismo camino hacia el dolmen, aún se pueden ver los restos de la Necrópolis medieval de Sedano, en un espolón rocoso llamado El Castro. Se pueden apreciar varios de los enterramientos, pero hay hasta otros diecisiete algo más escondidos en la linea de proyección con la iglesia.

Ascenso hacia el dolmen

La comarca de La Lora, en el noreste de Burgos, es una altiplanicie regida por un clima frío y riguroso que impone su huella en una vegetación escasa, creando un paisaje monótono y característico. Aislado en una cima lejana y rodeado de páramos desnudos, el dolmen de las Arnillas semeja una colina artificial que deja su impronta en el paisaje, y es visible a gran distancia. Llama la atención su emplazamiento, en un paisaje remoto y lejos de la red fluvial que abastece de agua a los pueblos de la zona. Curiosamente casi todos los megalitos que hay en la zona se sitúan a la misma altura (entre 900 y 1100 metros de altitud).

El dolmen de las Arnillas reviste la forma de un gran sepulcro de corredor. Enterrado a lo largo del angosto pasillo de entrada y en la cámara central se descubrió un gran osario colectivo, de unos 50 individuos, la mayoría varones y con un grupo de 13 calaveras separadas que sugieren un posible culto al cráneo. Es curioso ver que ninguno de los restos encontrados era de un esqueleto infantil y sólo una pequeña parte pertenecía a mujeres. Al amanecer, los rayos del sol naciente, con una función que hoy se nos escapa, atravesaban el angosto pasillo de entrada e iluminaban la cámara central, perfectamente orientada al este. Esta cámara, este recinto sagrado en las entrañas del túmulo, consiste en un círculo de grandes bloques de caliza sin desbastar, que en su día pudo tener una cubierta de madera y ramajes, hoy perdida.

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Los megalitos son las primeras obras arquitectónicas de la humanidad y tenían una función funeraria y ritual, como atestiguan los restos (ofrendas) hallados en el dolmen de las Arnillas: espátulas de hueso, puntas de flecha, hachas pulimentadas… Pero hay otros elementos más extraños e inquietantes: la aplicación de ocres a los cadáveres, puntos de fuego en las cámaras, concentraciones de cráneos, trepanaciones o incluso un puñal realizado a partir de un fémur humano. Todos ellos debían tener su propio significado en el marco de un ritual que hoy apenas podemos comprender.

El propio túmulo que rodea la estructura central dista mucho de ser una montaña de escombros, sino que realizado de manera meditada y con una estructura compleja. Fue levantado en el periodo neolítico, siendo fechado en unos 4.575 años y usado hasta 1.000 años después. Es difícil de constatar pero en los alrededores del túmulo hay muchos restos de muros, estructuras y piedras talladas de manera artificial que sugieren una presencia humana desde tiempo inmemorial.

Con este trasfondo oscuro y misterioso, tan vinculado al mundo funerario y al más allá, no sorprende que los túmulos hayan sido desde siempre lugar de encuentros con lo inesperado. En Irlanda tenemos por ejemplo a la temible figura de la Banshee (un tipo de hada cuyo lamento anunciaba la muerte), cuyo nombre gaélico significa literalmente ‘la mujer de los túmulos’. Pocos escenarios son tan propicios para estas leyendas como el Dolmen de las Arnillas.

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El culto al cráneo

Las 13 calaveras encontradas por separado bajo el dolmen de las Arnillas apuntan a una muestra de culto al cráneo. Desde el amanecer de la historia, el ser humano ha considerado a la cabeza como sede del alma, la fuerza y el conocimiento, y junto con el culto a los muertos, los rituales de conservación de los cráneos se constatan desde tiempo inmemorial en diferentes culturas por todo el orbe. El culto al cráneo, que invariablemente consiste en la conservación de las cabezas de los antepasados se relaciona con la creencia de que a través de éste, el poseedor puede recibir poderes sobrenaturales. Se pueden constatar estos hechos desde los celtas europeos hasta los shuar en la Amazonía y su técnica de reducir cabezas. De hecho, algunas leyendas célticas cuentan que los guerreros que habían sido objeto de una maldición o enfermedad, podrían recuperar la fuerza perdida si bebían del cráneo decapitado de Conall Cernach, uno de los héroes del Ciclo del Ulster de la mitología Irlandesa.

También los pueblos íberos que habitaban la Península Ibérica antes de la llegada de los romanos manifestaban un especial interés por los cráneos. Era conocido el uso de la trepanación ritual el retirar un trozo óseo del cráneo pero sin llegar a dañar las meninges, mediante las técnicas de incisión a buril y raspado. Una de las grandes dudas sobre este proceso es el motivo de su realización. Hay quien defiende que eran operaciones quirúrgicas destinadas a aliviar enfermedades cerebrales. Se habla también de una ceremonia de iniciación para pasar a la madurez, justificándose en trepanaciones en adultos que sobrevivieron al proceso y otras donde el individuo murió que eran niños o adolescentes.

Debido al hallazgo  en la ciudad íbera en Ullastret (Girona) se puede afirmar el uso de decapitaciones rituales por la aparición de unos cráneos trepanados con grandes clavos. Ya se conocía el ritual de culto íbero a los cráneos debido a las calaveras enclavadas o con indicios de haberlo estado que podían haber pertenecía a guerreros propios o enemigos. Al haber aparecido éstos cráneos en sitios principales de la ciudad, hace pensar que se exhibían como una especie de ‘trofeos de guerra‘.

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Estas y otras inquietudes funerarias llegarían a su punto máximo con la edificación de las grandes estructuras de piedra que llamamos megalitos (menhires, dólmenes, túmulos o alineaciones de piedras como Stonehenge) y cuatro mil quinientos años después sigue asombrando que el hombre prehistórico moviera esas moles: cómo fue posible perforar  el suelo, desgajar de la roca, transportar y colocar las piedras de tantas  toneladas, y encajarlas para formar los conjunto megalíticos. Y aunque su origen y significado aún no han sido satisfactoriamente explicados, se supone que constituyen nada menos que la primera arquitectura construida por la mano del hombre.

Arnillas procede de la palabra visigoda ‘Arno’ que significa colmena.

Fuentes e imágenes: Patrimonio Oculto // National Geographic // Wikipèdia

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