Gigantes acosados por la ciencia

La acromegalia es un raro trastorno hormonal que se produce cuando la glándula pituitaria produce demasiada hormona del crecimiento, casi siempre como consecuencia de un tumor benigno. El exceso de hormona causa la inflamación, engrosamiento de la piel, el crecimiento del tejido y la ampliación de los huesos, especialmente en la cara, las manos y los pies…

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De acuerdo con el libro de los récords Guinness, el hombre más alto que ha vivido en la Tierra llevó por nombre Robert Wadlow. Nació en Alton, Illinois en 1918, alcanzando una estatura de 2,72 metros. Murió a los 22 años a causa de una infección provocada por una aparato ortopédico en la pierna. Fue diagnosticado con una hipófisis muy activa. La pequeña glándula que se sitúa en la base del cráneo es responsable por las hormonas del crecimiento. La causa más común para una actividad acelerada de la glándula es un tumor benigno (adenoma) que provoca una producción excesiva de hormonas. Actualmente, las intervenciones quirúrgicas pueden controlar el problema e incluso el medicamento. Pero en la década de 1930 no había tratamientos disponibles. Esta condición tan impresionante lo llevó a tener una vida única, convirtiéndolo en toda una celebridad en los EE.UU. Sin embargo, cargar el título de la persona más alta del mundo tiene sus dificultades y desafíos.

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Carne de cañón

Los gigantes-humanos con una secreción excesiva de la hormona del crecimiento, eran tan extraordinarios e inexplicables hace un par de siglos que los científicos llegaban a pagarles en vida el precio de su cadáver.

Agustín Luengo Capilla alcanzó los inconmensurables 2,35 metros en la España del siglo XIX, conocido como “gigante extremeño”. Nacido en la villa pacense de Puebla de Alcovera los 12 años comenzó a crecer de forma desmesurada a causa de su acromegalia, una enfermedad que entonces no se trataba y que le hizo especialmente vulnerable a otras infecciones como la tuberculosis, la causa final de su fallecimiento.

Fue carne de cañón de circos y ferias. La atracción era simple. Mostraba cómo era capaz de esconder en una mano un pan de kilo. Tras un periplo por Andalucía el gigante llegó a Madrid acompañado por su madre. Su presencia atrajo a curiosos, entre ellos el rey Alfonso XII, que se fotografió junto al fenómeno. Tenía la misma edad que el gigante, 26 años, y bastantes centímetros menos. Como detalle encargó al zapatero real unas botas del número 54 para cubrir sus 37 centímetros de pie, y de las que se exhibe en el Museo Nacional de Antropología una réplica en bronce. Eso sucede el 3 de octubre, y el 29 de diciembre la prensa informa de que el joven está “gravemente enfermo”, tanto que fallece dos días después, en plena calle.

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Agustín Luengo

Gigante e inmortal

Lo cierto es que Agustín llegó a la capital en busca de ayuda médica. Era el verano de 1875. No solo sus facciones, manos y pies eran exagerados, sus órganos internos y huesos le atormentaban con dolores. Fue entonces cuando se cruzó en su camino alguien que le haría inmortal, el doctor Pedro González Velasco. Antes de ser médico fue porquero, fraile, soldado y criado. Cuando conoció al gigante, ya era uno de los mejores cirujanos del país, rico y conocido por albergar en su museo la momia de su propia hija. Ofreció al infinito Agustín un pacto tenebroso: le pagaría tres pesetas diarias a cambio de su cadáver. Entraría a formar parte de su colección.

Parece ser que la intención de Velasco era embalsamarlo, pero le avisan del fallecimiento dos días después y el embalsamamiento ya no es posible. Lleva el cadáver al museo, le hace la autopsia y solo un mes después exhibe el vaciado, recubierto de su propia piel, en la sala principal del museo. La presencia del gigante en el museo corre como la pólvora, y ‘todo el que es alguien’ quiere ir a ver el maniquí, vestido con la ropa que llevaba y con el cayado de 1,50 m, que le ayudaba a caminar.

Los emperadores de Brasil o el príncipe heredero de Mónaco viajaron a Madrid expresamente para ver aquel ‘desafío a las leyes naturales’, según los diarios de la época, que el doctor Velasco llevó a la Exposición Universal de París de 1867. Cuando el doctor muere, su viuda vende el museo al Estado, que seguirá siendo, gracias en buena parte a la gigante víctima, una atracción para el público hasta la Guerra Civil Española.

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Charles Byrne

El gigante irlandés

Un siglo antes del siniestro desenlace, en la húmeda Irlanda, otro gigante sufría su peor pesadilla. Charles Byrne (1761-1783), conocido como el gigante irlandés, era tan alto que encendía los cigarros en las lámparas de la calle. Su estatura exacta es objeto de conjetura, aunque 2,31 metros parece la cifra más rigurosa. Después de una durísima vida como monstruo de feria, su historia dice que pagó a varios compinches para que, a su muerte, tirasen su cuerpo en el mar.

Byrne había nacido en un pueblo de Tyrone (Irlanda del Norte) y creció de forma desmesurada. Su salud era frágil, y a los 21 años llegó a Londres a hacer fortuna exhibiéndose como monstruo de feria en el Museo Cox, de bestias humanas. Los periódicos se hicieron eco de su presencia , cuando el coleccionista y anatomista John Hunter le echó el ojo como objeto de interés anatómico. En Londres, el irlandés se hacía llamar O’Brien, sucumbió al alcoholismo y su vida se extinguió al año siguiente, con 22 años de edad.

John Hunter (el pionero cirujano reunió la mayor colección de piezas anatómicas de aquel momento), adquirió su cuerpo por 130 libras (150 euros), una considerable suma en aquel momento, después de tramar un complot para sobornar a los que iban a enterrarlo al mar. Hirvió el cadáver durante horas para quedarse con el esqueleto pelado. Su esqueleto aún se expone al público en el museo del Colegio de Cirujanos de Londres, donde aseguran que el estudio de su ADN ha sido fundamental para conocer la acromegalia o gigantismo.

En 1891, el científico Daniel Cunningham estudió la osamenta de Byrne y llegó a la conclusión de que era víctima de acromegalia. En 1909, el neurólogo estadounidense Harvey Cushing examinó la calavera de Byrne detectando que la fosa pituitaria en la que se encontraba la glándula que secretaba las hormonas era de un enorme tamaño y contenía un tumor, causa de la enfermedad. Esta secreción disparada de hormonas produce un crecimiento óseo que en los jóvenes tiende a hacer los huesos largos y en los adultos, anchos. La desproporción de las mandíbulas u otros huesos es uno más de los efectos de esta anomalía corporal. El armazón óseo del gigante irlandés tiene numerosas solicitudes para ser estudiado anualmente.

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Maurice Tillet

La acromegalia en la historia

La acromegalia afecta unas 60 personas por cada millón en el mundo. La altura superlativa no es un rasgo imprescindible de la enfermedad.

Uno de los pacientes más conocidos de la historia reciente es el luchador Maurice Tillet, nacido en 1903 en Rusia. Su enfermedad le impidió seguir la carrera de abogacía. En 1937, mientras trabajaba en Singapur con la Armada Francesa, conoció a Karl Pollejo, un luchador profesional que lo convenció de que tenía futuro en el campo. Primero en París y tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial en EE.UU, Maurice comenzó una exitosa carrera como luchador. Apodado “el Ángel Francés” en 1940 se proclamó campeón del mundo. Se mantuvo invicto durante 19 meses. Sin embargo, su salud comenzó a deteriorarse y en 1945 se retiraría tras una serie de fracasos, comenzando un largo deterioro que lo llevaría a la muerte en 1954, apenas con 12 horas de diferencia de su buen amigo Karl Pollejo. Fueron enterrados juntos.

El más lejano caso de acromegalia data de hace un milenio, un gigante que vivió en una población judía empotrada en la al-Ándalus musulmana del sur de la península Ibérica. Su hallazgo se remonta al 20 de octubre de 2006, cuando un vecino de Lucena (Córdoba) sacó a su perro a pasear. Después de corretear por el terreno, el perro regresó con algo extraño en la boca. Era un fémur humano.  El presunto gigante vivió alrededor del año 1050, según dataciones con carbono 14 en puntos cercanos a su tumba. Era el ocaso del Califato de Córdoba. El pueblo de Lucena se llamaba entonces Eliossana. Aquel judío de 30 años debió de llamar la atención en un poblado en el que la estatura media era de 1,69 metros, pero desconocemos que trato o utilidad le dieron sus congéneres.

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Para acabar hablaremos de Sultan Kösen, el gigante que dejó de crecer.  Nacido en Dedeköy, Turquía, en 1982 es en la actualidad el hombre más alto del mundo, tras haber sido coronado como tal durante la presentación en Londres del Libro Guinness de los Récords 2010. Actualmente mide 2,51 m. Tiene un problema en la espalda por lo que no puede erguirse totalmente. Su predecesor fue el chino Bao Xi Shun, de 2,36 m. Un técnico del Galatasaray SK de baloncesto lo encontró en 2003 en un pequeño pueblo en la frontera de Turquía con Irak, medía por aquel entonces 2,42 m. Quería hacer de Kösen un jugador de baloncesto profesional, pero resultó ser excesivamente alto para poder jugar. En 2010 fue intervenido quirúrgicamente para extirparle el tumor, tras lo cual su cuerpo detuvo el crecimiento incesante.

Todos fueron por doble partida personas de altura, que hicieron posible el avance de la humanidad a pesar de haber sufrido numerosas burlas y abusos a lo largo de su vida.

Fuentes: Wikipedia // ElDiario // ElPais // ElIndependiente

Imágenes : Vía Pinterest

 

 

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