El macabro negocio de los robacadáveres

El robo de cuerpos era el desenterramiento de cadáveres de cementerios para venderlos para disecciones o clases de anatomía en las escuelas de medicina. Quienes practicaban el robo de cuerpos eran llamados a menudo «resurreccionistas»..

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Ser resurreccionista era un lucrativo negocio. Apoderarse de un cadáver y venderlo fresco, todo en una noche, conllevaba una ganancia de hasta 10 libras. Los hombres valían más que las mujeres porque se podían examinar con más detalle los músculos. Por contra, trabajar duramente 72 horas a la semana solo reportaba unos pocos chelines. Se calcula que, a principios del siglo XIX, había dos centenares de resurreccionistas solo en Londres. 

Con el tiempo, del robo se pasó al asesinato. Así, el 18 de marzo de 1751 se ahorcó a Helen Torrence y Jean Waldie en Edimburgo por robar y matar a un niño que luego vendieron a un médico: fueron las primeras personas ajusticiadas por los que se llamaron asesinatos anatómicos.

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Robar para estudiar

Los cuerpos eran provistos por la Compañía de Barberos y Cirujanos, que podían disponer de los ejecutados por sus crímenes. En Francia y Alemania, las facultades de Medicina se abastecían de aquellos que morían en la cárcel, las casas de limosnas o los hospitales civiles si, transcurridas veinticuatro horas, nadie los reclamaba. En Italia todo aquel que falleciera en un hospital era entregado a los anatomistas salvo que alguien se hiciera cargo del entierro. Pero, en Gran Bretaña, veían repulsivo usar a los fallecidos en los hospitales, y quienes practicaban la disección eran considerados como «desprovistos de los sentimientos comunes de la humanidad».

Antes de que se promulgara la Ley de Anatomía en 1832, los únicos cadáveres que podían usarse para fines anatómicos en el Reino Unido eran los de los condenados a muerte y disección por los tribunales, pero así no se conseguían suficientes cuerpos para las escuelas de medicina y anatomía: en el siglo XIX sólo 55 personas eran condenadas a la horca al año, mientras las escuelas necesitaban unos quinientos.​ Los estudiantes de Medicina tenían que aprender anatomía, estudiar órganos y tejidos. En muchos casos estos estudiantes tenían que recurrir al robo de cuerpos. 

Robar cadáveres era un delito menor, punible sólo con multas y cárcel, pero no con la muerte. El negocio de la venta de cuerpos era lo suficientemente lucrativo como para asumir el riesgo de ser detenidos, especialmente cuando las autoridades solían desentenderse, al considerar que se trataba de un mal necesario. Así se produjo una singular y criminal alianza entre hombres con pocos escrúpulos y respetables médicos. De este modo comenzó la época de los resurreccionistas, los robacadáveres.

El robo de cuerpos se hizo tan común que no era raro que los parientes y hermanos del recién fallecido vigilaran el cuerpo hasta el entierro, y que tras éste vigilasen la tumba para evitar que fuese violada. Los ataúdes de hierro también se usaron con frecuencia. En muchos puntos de Europa se crearon artilugios que intentaban evitar el robo de los cuerpos, jaulas de hierro llamadas mortsafe o el uso de mausoleos o lugares más privados de difícil acceso. Aun así, estos métodos eran bastante caros y no todo el mundo podía usarlos. Por tanto, comenzó poco a poco a surgir la figura del guarda de cementerios.

Cuando aumentaron las dificultades para robar los cadáveres algunos desalmados aprovecharon el momento para atacar y matar con sus propias manos a vagabundos y personas inocentes. Posteriormente estos cuerpos serían vendidos a reconocidos médicos para que pudieran seguir con sus investigaciones.  Así, el 18 de marzo de 1751 se ahorcó a Helen Torrence y Jean Waldie en Edimburgo por robar y matar a un niño que luego vendieron a un médico: fueron las primeras personas ajusticiadas por los que se llamaron asesinatos anatómicos.

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El galvanismo

Las disecciones anatómicas que hace dos siglos llegaron a convertirse en un espectáculo capaz de congregar a curiosos de todos los estratos sociales. En 1768, William Hunter, un anatomista de prestigio, abrió las puertas de su Teatro de Anatomía en la calle Great Windmill de Londres. Se abastecía de los condenados a muerte en el Tribunal Penal Central de Inglaterra y Gales. Lo habitual era que el reo, tras ser ahorcado, fuera conducido a la mesa de disección de Hunter para ser desollado, disecado y anatomizado.

Con el descubrimiento de la pila eléctrica, al espectáculo de la disección se añadió el peculiar arte de la reanimación del cadáver, campo en el que destacó el italiano Giovanni Aldini (1762-1834). Ofrecía por toda Europa un espeluznante espectáculo: la electrificación de un muerto. Su mejor actuación tuvo lugar el 18 de enero de 1803, en el Real Colegio de Cirujanos de Londres, cuando electrocutó el cadáver de George Forster, que había sido condenado a la horca por ahogar a su mujer y a su hija. Con diferentes electrodos por el cuerpo, Aldani consiguió que el ajusticiado empezara a moverse como si bailara una danza macabra, incluso abrió un ojo. Algunos pensaban que realmente iba a resucitar al asesino; incluso las actas indicaban que, si eso sucedía, el condenado volvería a ser ahorcado.

Aldini fue el sobrino de Luigi Galvani, el primero en conocer la base eléctrica de los impulsos nerviosos y experimentar en los músculos de los sapos, que se movían al recibir una descarga. El galvanismo es una teoría de Luigi Galvani según la cual el cerebro de los animales produce electricidad que es transferida por los nervios, acumulada en los músculos y disparada para producir el movimiento de los miembros. Además, el galvanismo ayudó a la ciencia con otros procedimientos donde la electricidad se usa para ayudar en momentos donde el cuerpo no responde. Esta singular teoría recorrió los claustros universitarios europeos entre finales del siglo XVIII y primeras décadas del XIX. Los experimentos con animales, y hasta con cadáveres humanos, alentaban la secreta esperanza de que, mediante la electricidad, pudieran sanarse enfermedades que provocaban parálisis y aún reanimar un cuerpo muerto. Esas experiencias pueden considerarse un remoto antecedente del desfibrilador cardíaco moderno.

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El «Burking»

Pero quienes se llevaron toda la fama fueron la pareja de irlandeses William Burke y William Hare . A lo largo de once meses, entre 1827 y 1828, asesinaron a treinta personas en Edimburgo y vendieron sus cuerpos a Robert Knox, el anatomista más famoso de Gran Bretaña, que les pagaba entre siete y diez libras, en función de la frescura.

William Burke (1792-1829), un obrero irlandés que emigró a Escocía en 1817, fue uno de los asesinos más conocidos y más imprudentes. Puso un negocio de ropa usada en Edimburgo y alquiló una habitación en la pensión para pobres y vagabundos del también irlandés William Hare.

En 1827 Burke y su compañero dieron inicio a su carrera. Uno de los pensionistas de Hare, un anciano llamado Donald, había muerto y el dueño de la pensión convenció a Burke de que tenían a su alcance una fuente de ingresos fácil. La pareja quitó la tapa del ataúd en el que las autoridades de la parroquia habían guardado a Donald, escondieron el cuerpo y llenaron el ataúd con resina que volvieron a sellar, para posteriormente vender el cadáver por 7 libras con 10 chelines al Dr. Robert Knox, director de una escuela de anatomía en Surgeon’s Square.

Burke y Hare pronto aumentaron sus actividades. Otro pensionista estaba por morir, pero su agonía duraba demasiado y le dieron muerte asfixiándolo con una almohada, pues el cadáver se cotizaba a la baja si presentaba heridas. Vendieron su cuerpo por 10 libras. Dieron muerte a unas treinta personas más de forma similar, recibiendo 14 libras por cada cadáver. Al asfixiar a sus víctimas tenían cuidado de no dejar rastros de violencia de modo de aparecer como simples ladrones de tumbas. Cuando las provisiones de la pensión mermaron, comenzaron a atraer nuevas víctimas eligiendo para ello a viejas brujas, borrachos y prostitutas a los que a menudo emborrachaban.

Pero los asesinos se descuidaron. Primero mataron a Mary Paterson, una voluptuosa joven de 18 años tan suelta con su cuerpo que fue rápidamente reconocida por los jóvenes estudiantes de medicina de Knox que hasta la preservaron antes de la disección como un perfecto ejemplo de belleza femenina. Luego mataron a «Daft Jamie» Wilson, un inofensivo idiota que era muy conocido y vivía de hacer recados en las calles de Edimburgo.

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Cuando fueron capturados, la ciudad exigió su ejecución. El problema era que los cuerpos de las quince primeras víctimas ya no existían. Se ofreció a Hare la inmunidad si testificaba contra su socio. Burke fue a la horca, mientras que Hare salió libre. El caso fue tan sonado que se acuñó un término para los asesinatos anatómicos: «el burking». El doctor Knox no fue juzgado, pero su carrera quedó destruida y tuvo que emigrar a Londres. El cuerpo de Burke fue sometido en 1829 a una disección pública, con el fin de disuadir a los resurreccionistas de ir por ese camino. Sus restos todavía son conservados en la Universidad de Edimburgo.

En 1882 hubo un chocante caso que dio mucho que hablar en el área. Un empleado del cementerio de Lebanon en Pensilvania fue pillado con un vagón repleto de cadáveres. Fue enviado a juicio y admitió que había estado traficando con los cuerpos que enterraba. Primero hacia un entierro formal para los familiares para luego desenterrarlos para venderlos a universidades de medicina. Había sido el enterrador de Lebanon durante once años, y había estado haciendo esta actividad durante los últimos nueve. Fue tal la indignación en la región que el enterrador y algunos de sus compinches casi fueron linchados al salir del juicio. Acabaron siendo juzgados y sentenciados a una larga pena de cárcel.

ILustraciones y fotografía vía Pinterest

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