Hildegard von Bingen, visionaria, sexóloga y curandera en el mediévolo

Vamos a hablar de una monja moderna en la Alta Edad Media, época en que a la mujer se le negaba todo acceso a la cultura y su papel en la sociedad era casi nulo. Hildegard creó el primer monasterio autónomo femenino, su conocimiento de las enfermedades y sus remedios, todos naturales, le llevó a escribir diferentes libros..

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Su valoración del mundo y la responsabilidad del hombre en su conservación también le otorgan ser pionera de la ecología; creó nuevas palabras y letras, es decir, inventó una lengua artificial, la Lengua Ignota, labor que siglos más tarde se realizó con la creación del esperanto. Fue precursora, a decir de algunos, de lo que después sería la ópera, además de compositora de obras musicales. Llegó a ser consejera de personajes notables de la época, tanto políticos como religiosos. Pero eso no fue todo, también se embarcó en predicar en plazas e iglesias, aunque pertenecía a una orden de clausura. Y durante toda su vida tuvo visiones que podrían calificarse de premonitorias. 

Hablar de Hildegard von Bingen es hablar de escalofriantes visiones apocalípticas, de remedios naturales para absolutamente todo y de la primera mujer que consiguió acceder a los pecados ajenos a través de la confesión.

Visionaria e independiente

Cuando la Primera Cruzada estaba a punto de llegar a Jerusalén, una niña lloró por primera vez en Bermersheim (Alemania). Hildegard von Bingen nació en 1098 y se convirtió en un diezmo. Como décima hija que fue, sus padres la entregaron a la Iglesia. La dejaron en el monasterio de monjes de Disivodemberg, que albergaba una celda para mujeres dirigida por Jutta von Spannheim, quien se convertiría en madre e instructora de la pequeña Hidegard. Tenía ocho años y había comenzado a tener visiones a los tres, pero no fue hasta pasados los cuarenta cuando empezó a escuchar una voz que le decía que escribiera y dibujara todo aquello que alcanzaran sus ojos y oídos.

Se convirtió en abadesa tras la muerte de Jutta. Atemorizada por sus visiones y predicciones convenció al papa para que le consintiese escribirlas, y fue así como empezó a registrar tanto sus visiones, como libros de medicina, remedios naturales, cosmogonía y teología. Desde entonces empezó a relacionarse con las autoridades eclesiásticas y políticas de su época y se convirtió en su consejera, algo impensable tratándose de una mujer.

Hildegard tenía dudas sobre la oportunidad de escribir o no lo que percibía, y recurrió a San Bernardo de Clavaral, fundador de monasterios y uno de los grandes doctores de la Iglesia para que la aconsejara. No solo recibió la aprobación de este santo, sino que cuando el Papa Eugenio III fue a la región 1147 se le presentó una parte de las visiones de Hildegard. El Papa designó una comisión de teólogos para examinarlos y después de recibir el informe favorable de la comisión, dio la aprobación papal a este texto: “Sus obras son conformes a la fe y en todo semejantes a los antiguos profetas” y escribió a Hildegard instándola a continuar la obra, animando y autorizando la publicación de sus obras. Aprobación tan señalada era el reconocimiento oficial de que la labor de Hildegard estaba inspirada por Dios. Hildegard se apresuró entonces a refutar de palabra y por escrito los errores de los herejes cátaros. 

El suicidio de una monja embarazada se convirtió en el detonante para solicitar la escisión del monasterio masculino en el que sus monjas se encontraban. Hildegard propuso fundar uno solo para mujeres inspirada por una de sus visiones y lo consiguió. Se enfrentó al rechazo y las amenazas de los más cercanos, pero entre los más poderosos nadie le negaba nada. Así llegó a ser una de las columnas más firmes de la Iglesia por aquel tiempo. Su fama hizo que su comunidad creciera de modo que consiguió establecer a sus monjas en un monasterio propio, sin ninguna dependencia de la abadía de monjes de Disibodenberg, para lo que fundó un convento en Rupertsberg, cerca de Bingen. Fue el primer monasterio de monjas autónomo, pues hasta entonces siempre habían dependido de otro de varones. Hacia el año 1150 las monjas se trasladan a su nuevo monasterio. Los monjes de Disibodenberg se opusieron a este traslado, pues veían disminuidas las rentas y la influencia de su monasterio, pero la tenacidad y energía de Hildegard venció todas las dificultades y el Arzobispo consagró el nuevo monasterio, que siguió atrayendo numerosas vocaciones y visitantes.

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Ilustración de Rithika Merchant

Sexóloga y feminista

Hildegard von Bingen y su legado son inabarcables. Tanto que, a pesar de su recuperación a raíz de la esperada canonización (que no tuvo lugar hasta 2012), su lado más peculiar ha sido eclipsado por sus predicciones. De todo lo que hizo Hildegard a lo largo de su vida, lo más desconcertante, surrealista y contradictorio, quizá sean sus consideraciones sobre el orgasmo femenino que bien le podrían valer el título de primera sexóloga de la historia.

Hildegard hablaba de sexo sin miedo: de una forma tan clara como apasionada. Fue la primera en atreverse a asegurar que el placer era cosa de dos y que la mujer también lo sentía. La primera descripción del orgasmo femenino desde el punto de vista de una mujer fue la suya. Tenía una idea muy peculiar de la sexualidad, teniendo en cuenta que era monja y que vivía en el siglo XII. Para ella, el acto sexual era algo bello, sublime y ardiente. En sus libros de medicina abordó la sexualidad y, especialmente, en Causa et curae, donde dio más detalles:

“Cuando la mujer se une al varón, el calor del cerebro de ésta, que tiene en sí el placer, le hace saborear a aquél el placer en la unión y eyacular su semen. Y cuando el semen ha caido en su lugar este fortísimo calor del cerebro lo atrae y lo retiene consigo, e inmediatamente se contrae la riñonada de la mujer, y se cierran todos los miembros que durante la menstruación están listos para abrirse, del mismo modo que un hombre fuerte sostiene una cosa dentro de la mano.”

Como protofeminista, Hildegard tenía una imagen muy propia de Eva y del pecado original. Para ella, el único culpable fue Satán, envidioso de la capacidad de generar vida de la mujer.

Ana Martos Rubio escribe en ‘Historia medieval del sexo y del erotismo’: “Así como para Agustín de Hipona la concupiscencia es el castigo de Dios, para Hildegard, que no se atrevió a llevarle la contraria y admitió la idea de que el pecado original fue de lujuria, la culpa fue de Satán que sopló veneno sobre la manzana antes de entregarla a Eva, envidiosa de su maternidad. Ese veneno fue, precisamente, el placer y, su sabor, el deseo sexual”. Y continua: “El deseo sexual es el sabor de la manzana De Gustu Pomi, el título de la obra de Hildegarde von Bingen en que describe el sabor de la condición humana, el delicioso sabor que da paso a la ponzoña del vicio, el placentero y embriagador sabor del pecado”, escribe Ana Martos. Por si no ha quedado claro a los lectores, esta santa abadesa, explica con mucho realismo: “Primero la libido enciende la potencia, de manera que el acto sexual de la pareja se produce por un íntimo deseo mutuo”.

Compartió todos sus conocimientos medicinales inspirada por su propia salud maltrecha. En Causa et curae, además hace un alegato a favor de la cerveza: «Por su parte, la cerveza engorda las carnes y proporciona al hombre un color saludable de rostro, gracias a la fuerza y buena savia de su cereal. En cambio el agua debilita al hombre y, si está enfermo, a veces le produce livores alrededor de los pulmones, ya que el agua es débil y no tiene vigor ni fuerza alguna. Pero un hombre sano, si bebe a veces agua, no le será perjudicial». Tenía un remedio para la resaca: mojar una perra en agua y, con esa agua, mojar la frente de la persona afectada.

La salud de la abadesa era tan débil que en varias ocasiones recibió la extrema unción. Solo una de las veces que la dieron por muerta no despertó. Y lo hizo a una edad impensable en una época en la que la muerte llegaba en torno a los cuarenta: con 82 años murió rodeada de sus monjas.

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Adelantada a su tiempo

Se codeó con reyes y papas, denunció los devaneos de los clérigos y su voz fue tan valiosa como la del resto de los hombres cuando las mujeres vivían en silencio, en la casa o en el convento. Decir que se adelantó a su tiempo es, más que caer un lugar común, no hacer justicia al personaje. Ella fue mucho más lejos de lo imaginable en el siglo XII.

La actual Alemania estaba formada en los tiempos de Hildegard de Bingen por estados germánicos agrupados en el re-denominado Imperio Romano a partir del siglo XI, llamado Sacro Imperio Romano en el XIII y Sacro Imperio Romano Germánico a partir del XV. Era una monarquía electiva en la que la nobleza escogía al rey. Y eran justo esos líderes quienes limitaban su poder. Los ingresos del monarca provenían de sus propiedades familiares y de las ofrendas de los clérigos. El Imperio no tenía capital, era el monarca quien se desplazaba de un lugar a otro y una de sus tareas principales era la contención de los príncipes rebeldes.

Aunque ya había algunas, en esta época adquieren importancia las ciudades por el aumento de la población que facilitó una forma de concentración del poder económico.  El gran crecimiento económico que se desarrolla se debe en buena ley a los adelantos técnicos en la producción agrícola (molino de agua, cultivo rotatorio, invención del arnés del caballo y arado de ruedas), todo ello propiciado a su vez por la disminución de conflictos bélicos.

Durante la Alta Edad Media, la creación y la recreación cultural se encontraban, sobre todo, en los conventos y monasterios. Con el nacimiento de las grandes ciudades, la cultura también se establece en ellas por medio de las universidades que se empezaron a crear. Hildegard nace justo cuando se está poniendo en marcha la Primera Cruzada, cuyos orígenes se encuentran en el llamado Cisma de 1054 que consistió en la separación de las iglesias cristianas de Oriente y Occidente. El patriarcado de Roma quedó separado de quienes formaron la Iglesia ortodoxa, que estaba integrada por Constantinopla, Alejandría, Antioquía y Jerusalén.

Hildegarda de Bingen fundó dos conventos, el de Rupertsberg, cerca de Bingen, en 1150, a unos 30 km del de Disibodenberg, y el de Einbigen, en 1165, situado en Rüdesheim.  Entre los 60 y los 72 años, hace cuatro viajes de predicación en iglesias y plazas, reprendiendo a unos por sus malas costumbres y descuido de sus obligaciones y previniendo sobre la herejía de los cátaros. Qué decir tiene que, aparte del valor de estas prédicas, estamos hablando de una mujer y monja de clausura, para más señas.

Fue al final de su vida cuando tuvo problemas con las autoridades eclesiásticas porque permitió enterrar a un noble excomulgado en el cementerio de Rupertsberg, aunque este hombre se había reconciliado con la Iglesia antes de su muerte, aspecto que no conocía el alto clero que obligó a Hildegard a exhumar el cadáver del campo santo, a lo que se negó en rotundo. Esta desobediencia supuso la imposición de una serie de castigos a su convento, entre ellos, la prohibición de la música. El conflicto se resolvió un año después, cuando el obispo reconoció los detalles, con lo que todo quedó zanjado. Meses después, moriría.

Santa Hildegarda, fue declarada doctora de la Iglesia el 7 de octubre de 2012 por el papa Benedicto XVI. Su festividad se celebra el 17 de septiembre, fecha de su fallecimiento. Su nombre se inscribió en el martirologio romano y se comenzaron las peregrinaciones a su monasterio para visitar su tumba y sus reliquias porque se tenía constancia de su santidad. Habría que señalar que solo hay 36 doctores en la Iglesia católica, cuatro de ellos mujeres: Santa Teresa de Ávila, Santa Catalina de Siena, Santa Teresa de Lisieux y Santa Hildegarda de Bingen. La Iglesia considera doctor a un santo al que se le reconoce su erudición y el ser maestro de la fe para los fieles de todos los tiempos.

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Oliver Sacks habló de migraña para explicar sus visiones y, la película Visión, refleja esas muertes como si de catalepsia se tratase. Como si ella misma hubiese hecho su propia película mil años después, los diálogos están basados en frases textuales extraídas de sus tratados y cartas y la banda sonora fue compuesta por ella misma.

Fuentes e imágenes: Yorokobu // AnatomiadelaHistoria // Wikipèdia

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